“Cicatrices”, la antología maldita

Por Candela Niesl

Periodista y directora de Inguz Editorial

El mensaje que insistía en mi casilla tenía una propuesta que luego se convertiría en concurso, para materializarse en libro y celebrarse en Caballito.

Es raro. Organizar un concurso literario, digo. Asumo que es más extraño aún cuando este es el primero. ¿Quiénes somos nosotros para determinar qué cuento o poema es mejor que otro? Seguro haya textos, palabras, frases y versos con los cuales podamos empatizar más. Una elección muy personal a mi entender. Pero para definir quién gana y quién pierde… ¿acaso alguien nos dio esa invisible autoridad en algún momento?

Si fuese por mí, publicaría a todos los escritores. Es muy difícil que las palabras no encuentren a alguien que haga de ellas su hogar, fantasía e inspiración.

Por suerte Inguz no tuvo que seleccionar ningún relato corto o poema. De ser así, conociendo a mi equipo y conociéndome a mí, todavía estaríamos debatiendo cómo publicar un libro que incluya a todos los participantes.

Aquellos amantes de las palabras y la imaginación, el papel y la tinta o, en su defecto, la Kindle que no conocen de altanerías ni soberbia y se dedican a plasmar sus emociones y personajes en archivos, cuadernos u hojas sueltas merecen ser publicados, merecen que la gente los lea, que alguien los busque en redes sociales o motores de búsqueda para felicitarlos por su don. Todos tenemos uno y está equivocado quien piensa que el mundo no debe celebrarlo.

Me gustan los escritores humildes, esos que releen su composición y siempre encuentran un error o algo que modificar (siempre hay algo). Me gusta pensar que nunca puede terminarse un texto, algún día lo vamos a ver y conocer como inconcluso, borrador o puntapié pero nunca como un c’est fini.

“Cicatrices” es el retoño de nuestro primer concurso. Es el resultado de meses de trabajo junto a un equipo, “Horizonte literario”, que nunca tuvimos el gusto de, siquiera, darle la mano. Como casi todo en estos últimos años, el trato fue digital. Es, mejor dicho.

La antología que hoy vendemos y presentamos hace tan solo unos días nos trajo tantos problemas que el librito de 64 páginas parece, más bien, una recopilación amplia de los textos más pesados y dificultosos presentes en la historia de la humanidad.

Por una cuestión de profesionalidad y discreción prefiero ahorrarles el disgusto de conocer los pormenores aunque, no dudo, varios los habrán vivido junto a nosotros.

Llegamos a pensar que el libro estaba maldito. Sí, a ese nivel de paranoia. Nos reíamos y hablábamos de todo lo negativo que se encontraba alrededor y entre las páginas. ¿Miedo al  fracaso? Tal vez.

Día tras día, al acercarse la fecha de presentación, encontrábamos errores nuevos, problemas de configuración y, una vez que creímos todo listo, se nos presenta una gran estafa en donde el precio de impresión era mayor (inimaginable, incluso) de lo que jamás hubiésemos esperado.

Estrés y angustia se disiparon al llegar el evento (el cual, como muchos saben, también comenzó con el pie izquierdo). Spoiler alert: todo terminó en risas y letras. Feminismo y aplausos llenos de sincera calidez.

“Cicatrices” parecía no ser tarea fácil y, de hecho, no lo fue. Pero sin estos/as 20 escritores/as no podríamos haber formado esta armoniosa antología llena de dolor, esperanza y cubierta de intimidad. Sí, porque muchos se animaron, por vez primera, a escribir, a leer en público, a confiar en lo que aman hacer.

Como nosotros.

Nosotros también nos animamos a saltar al vacío y enfrentar ciertos miedos que solo nos hacían temblar los huesos y erizar la piel porque eran aventuras (es el término más adecuado que encuentro) con efelantes y wartas en el camino (como bien diría Winnie the Pooh). Nada por lo que no valiera la pena dar el primer paso, ese atrevimiento que nos llevó a nuestro primer libro, “Estrellas en sus ojos”, y al libro ¿maldito?, “Cicatrices”. Ese descaro que hoy sentimos orgullosos de poseer y que, esperamos, podamos seguir contagiando.

Creer en lo que uno hace, a pesar de las inmensas y aparentemente interminables dificultades, es eso también. Seguir, seguir y seguir. Hasta que los efelantes se cansen, las wartas se hagan a un lado y las acciones de los sueños se vean concretados en proyectos que comprometen y sienten por los lectores, el medio ambiente, los escritores y todos aquellos que están en pos de realizar su propio sueño.

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