Nosotras también somos River

Por Cindy Monzón

Periodista y editora de Inguz Blog

Era agosto de 1999, yo tenía 7 años, en Formosa hacía frío y estaba sentada en medio de mis abuelos y mi papá. Estábamos los cuatro sentados frente al televisor, compenetrados, mirando el partido despedida de Enzo Francescoli frente a Peñarol en el Monumental. Cuando terminó, uno de ellos, no recuerdo con seguridad quién, dijo “que bárbaro el Enzo”. ¡Qué bárbaro el Enzo!, repetí yo como una manera de hacerles saber que a mí también me gustaba e interesaba lo que estábamos viendo, que eran tan fan de River como ellos.

No sé muy bien qué te convierte en familia además de la sangre. Si la costumbre, la cercanía, el amor o el azar. En la mía, además de todo eso hay una condición innegociable: serás de River o no serás. Odiarás a Boca y, después, a todo lo demás. Amarás al Enzo, al Burrito, al Cave, al Muñe y, después, mucho después, vienen Messi o Maradona.

Los años pasaron como pasa todo en la vida y quedo muy lejos ese agosto del 99 donde yo era una niña a la que ya le gustaba mirar un partido de fútbol los domingos. Crecí, me mudé de ciudad, mi nono se murió, con el resto de los miembros de ese sillón riverplatense eufórico nos vemos una o dos veces al años y ni siquiera recuerdo si volvimos a mirar un partido juntos. Además de la distancia nos separó el curso natural de la vida, las diferencias políticas, la manera de entender y vivir la vida, pero hay algo que siempre nos une, hasta en los peores momentos: River.

Vi pasar cientos de partidos, campeonatos ganados, perdidos, un descenso, un ascenso. Los vi acompañada, sola, en algún aeropuerto, en el celular, los escuché por radio, pero nunca rompí mi cita con el millo. En 2018 se dio algo que para el mundillo futbolero parecía imposible: River y Boca jugarían la final de la Copa Libertadores de América, la más importante para el balompié sudamericano, entre dos clásicos rivales de un mismo país. Demencial. “Que locura lo que se viene”, escribí en el grupo de WhatsApp familiar y nos trenzamos en un debate eterno sobre los posibles resultados y las reacciones del equipo perdedor. Era agosto del 99 otra vez, era la niña amante del fútbol a la que ahora, porque creció, le prestan atención.

Al crecer comencé a cuestionarme por qué las mujeres no ganaban premios, no eran convocadas a lujosas galas como el balón de oro, por qué no negociaban obscenos contratos de publicidad, por qué el plantel femenino de los clubes jugaban en canchas auxiliares o por qué, simplemente, no podían vivir de jugar al fútbol. El machismo futbolero no estaba únicamente impregnado en el living de mi casa, con esa nena que fui pidiendo que entiendan que también entendemos de fútbol, sino ahí afuera, con un público que no acepta que hay mujeres que patean mejor que algunos hombres.

Minutos antes de la final mi hermana me preguntó cómo estaba y le dije que un poco triste, que deseaba profundamente tomarme un avión a Formosa para ver ese partido con mi abuelo, para poder festejar si ganábamos o lamentarnos si perdíamos. Automáticamente lo llamé, disimulé las lágrimas que se me caían y le pregunte si estaba ansioso, con quién lo vería y le conté que tenía miedo de perder. Él me mintió y yo a él. Yo oculté las lágrimas y la tristeza y él me dijo que estaba tranquilo y que seguro lo veía con alguien. Sabía que estaba ansioso y que lo vería solo, como yo, en silencio y sin que nadie lo moleste. A mí también me gusta ver a River así y me reconforta la idea de pensar que lo heredé de él.

Afortunadamente ganamos y lo primero que hice fue mandarle un mensaje “somos campeones, yoyito, que felicidad”. También pensé en mi otro abuelo y deseé que, desde donde esté, ojalá lo haya podido ver. Por mi parte, le agradecí a la vida que me haya hecho nieta de dos amantes del fútbol que me convirtieron en la hincha que hoy soy.

Días después de esa final nos fuimos de vacaciones juntos y previo al día de reyes entró de un sopetón a mi habitación y me preguntó “¿sabes cuántos son los reyes magos?”, y antes que pueda darle una respuesta, agregó: “Melchor, Gaspar y va el tercero, y va el tercero, y gol de River”. Nos reímos a carcajadas los dos, a sabiendas de lo malo que era el chiste, y ahí entendí que ese código que creamos, desde agosto del 99 a esta parte, es lo que nos va a unir toda la vida. Y es gracias al fútbol.

Con ese mismo fútbol que tan feliz me hizo, hoy me agarro de la mano para luchar y, por primera vez, un club de fútbol argentino se organiza para marchar y visibilizar la desigualdad que sufre la mujer en este deporte. El 8 de marzo voy a marchar por primera vez con la agrupación “River Feminista”, que bajo el lema “nosotras también somos River”, decidió levantar la mirada, antes destinada únicamente al disfrute y pregonar un por un fútbol feminista, disidente y profesional.

Porque gracias a agrupaciones como esta las mujeres tuvimos que dejar de repetir lo que dicen los hombres para que nuestras opiniones sean aceptadas, pudimos mostrar que no necesitamos calzarnos un botín para entender y opinar de fútbol. Gambeteamos sus prejuicios y gol de media cancha al patriarcado.

Las hinchas paramos la pelota y decimos ¡BASTA!

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